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SERGIO PREGO. OLA

A CARGO DE JULIA MORANDEIRA

GAMBOA: La brutalidad sirve como fluido que contiene las vidas de billones que se hunden en el fondo como la basura sedimentaria de las economías interdependientes.

Entrevista con Gronk y Gamboa de Asco, Chismearte (otoño 1976)

 

Echando la vista atrás, se puede apreciar, a lo largo de la trayectoria de Sergio Prego (San Sebastián, 1969), una experimentación consistente en torno a la experiencia espacial desde una práctica escultórica, en la que lo arquitectónico y lo performativo ocupan un lugar central. De hecho, la preocupación por la problemática del espacio y un entendimiento de la performatividad como lógica intrínseca a la producción del sentido de la obra son compartidas por la generación y el contexto de los que Sergio Prego parte, formado en torno a los talleres experimentales de Arteleku en la década de los noventa, y son vectores presentes en su trabajo, desde sus primeras obras —en las que incide en el equilibrio espacio-temporal mediante el uso de dispositivos audiovisuales o en las que recorre diferentes estructuras arquitectónicas, por ejemplo— hasta proyectos como este, Ola.

Tras su paso por el estudio de arquitectura de Vito Acconci, Prego empieza a experimentar con arquitecturas neumáticas. Los experimentos con inflables surgen en el clima contracultural de finales de la década de los sesenta, como una reacción desde lo material al consumismo y al crecimiento exponencial de la construcción urbana de aquel momento. Artistas y arquitectos como Ant Farm, Archigram, José Miguel de Prada Poole o Dan Graham, por citar algunos, empiezan a armar arquitecturas ligeras y baratas, fáciles de montar y desmontar, y de formas impredecibles a partir de materiales mínimos, como son el plástico, las barras y los tensores, y el aire propulsado por ventiladores. Prego apunta que lo importante de estos ejercicios no reside en la forma, sino en la experiencia que inauguran: la arquitectura se sintetiza en un juego de tensión depurado, que permite a las personas tumbarse, acostarse o disponerse de múltiples y variadas formas sobre las superficies de plástico infladas. A su vez, los cuerpos atraviesan, literalmente, la estructura y modifican a su paso su forma. Se trata de un ejercicio espacial complejo —que invoca cuestiones táctiles, visuales, respiratorias, entre otras— a la par que simple, que Prego traslada al gesto escultórico en instalaciones como las realizadas en el CA2M-Centro de Arte Dos de Mayo (Highrise, 2017), el Casal Solleric (Cowboys, 2019) o, más recientemente, en la Graham Foundation de Chicago, en diálogo con la arquitectura vertida de Miguel Fisac (Poured Architecture, 2020). Un gesto, en todos los casos, más cercano a la genealogía del uso de los inflables por parte de artistas que por parte de arquitectos, en el que predomina una metodología mínima y espontánea frente a una aplicación sistematizada.

La referencia de la instalación específica que Sergio Prego ha construido para el Centre d’Art la Panera viene, sin embargo, de la imagen de la acción Skyscraper Skin, realizada, en 1980, por el colectivo de artistas chicanos Asco, activo en Los Ángeles entre 1972 y 1987. En ella, se ve a dos personas estirando una banda de plástico transparente en medio de un cruce de calles vacío entre rascacielos. La fotografía corresponde a una serie de acciones que el colectivo realizó en torno al cambio de década, tomando el centro de la ciudad vaciada como telón de fondo, sobre el que representar la distopía urbana de gentrificación y arquitectura vertical que se estaba viviendo. El plástico, inflado y curvado por la resistencia del aire al gesto de estirar, pareciera haberse caído del edificio que se eleva detrás, como si de una muda de serpiente se tratara; la piel es tan ligera y transparente que el borde inferior ni siquiera se detecta y se funde con las líneas de tráfico pintadas en el asfalto. Si nos fijamos bien, observaremos que las dos figuras de la foto llevan mascarillas, como si se protegieran de la toxicidad del material que manipulan o del aire que respiran en ese ambiente. Tal vez, esa piel plástica sea más bien un profiláctico frente a la brutalidad de la que hablan los miembros del colectivo, que reduce la vida de ciertas personas a residuos, una materialidad de la que participa el propio plástico usado.

En Ola, el gesto es igualmente liviano y mínimo en apariencia. Como una vela inflada, el aire dibuja una curva vertical de techo a suelo y una curva longitudinal que abraza las columnas de la sala. De manera similar a la imagen de Asco, el artista ha buscado depurar al máximo el dispositivo de la instalación, usando el mínimo material necesario. Debido a la consistencia del plástico, la transparencia de la instalación varía según la perspectiva desde la que la observemos —translúcida cuando se mira de frente, opaca si la miramos en diagonal—, y nos hace conscientes de la posición desde la que miramos, así como de la resistencia del material a nuestra mirada y a nuestra penetración.

  • #sergiopregolapanera

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